Sueños desverbalizados


Sentada. En silencio, sin movimiento alguno, sin verbos. No. Ni un verbo, nada, cero. Más quieta que lo imaginable y, aún así, en una activa afirmación del espacio. Un sí mudo y perpetuo como eco de una abstracción total de direcciones. Omnipresente o, en otras palabras, omnisentada sólo en el presente, con cada sentido en la ausencia de instantes. Pura cualidad, potencia absoluta sin puntos de fuga, asimetría total del espacio, como disfunción de un espejo sin reflejo, más extraña aún que todo espejo concebible, como un reloj indiferente, un reloj al costado del tiempo, o una interjección sin pretensiones de respuesta. Shh...

Signos sin significado. Comas entre silencios, preludios infinitos, mancos. Una mitad de cero. Un número incapaz de paridad o imparidad, infinito otra vez, rengo. Ni positivo ni negativo, indefinible. Fuera de todo, ni aquí ni allá: en el refugio predilecto de la nada.

Cada intento de intención, extinto antes de intentado; una sombra de un vacío, de su propia inexistencia. Semilla petrificada. Proyección de un equilibrio sin la articulación de lo equilibrado.

Y nada más difícil para un ser omnisentado que una lucha inmóvil contra el roce de lo animado, incluso con el infinito anclado en cada poro, como lastre hacia ningún lado.

Pausada en plena inacción, soñada por su propio sueño -ensoñada-, consciente de su inconsciencia, tal vez. Sin embargo, evidentemente femenina, y, por eso, inevitablemente soñada.

De pronto: una ruptura de la nada. ¡Un parpadeo! Y nunca más normalidad, imposible la vuelta atrás sin una explosión de tiempo, imposible también el avance sin la irrupción de una huella sobre un camino. Obligatoriedad » Sentido » Dirección.

Lo primero con existencia: una ironía. Una causa sin causa que anima la quietud sin referencias. Una ley autónoma. "Prohibida la no existencia", al menos hasta el próximo parpadeo eterno.

Y otra vez oscuridad. Sueños desverbalizados. Espejos sin reflejo. Nirvana.