Volar
Capturé un pájaro con la vista, y su volar entró también por mis ojos. Y aunque ahora al pájaro se lo llevó el cielo, llevo al pájaro conmigo y el pájaro me lleva con él.
Capturé un pájaro con la vista, y su volar entró también por mis ojos. Y aunque ahora al pájaro se lo llevó el cielo, llevo al pájaro conmigo y el pájaro me lleva con él.
Pura cualidad, potencia absoluta sin puntos de fuga, asimetría total del espacio, como disfunción de un espejo sin reflejo, más extraña aún que todo espejo concebible, como un reloj indiferente, un reloj al costado del tiempo, o una interjección sin pretensiones de respuesta. Comas entre silencios, preludios infinitos, mancos. Una mitad de cero. Un número incapaz de paridad o imparidad, infinito otra vez, rengo. En el refugio predilecto de la nada. Cada intento de intención, extinto antes de intentado; una sombra de un vacío, de su propia inexistencia. Semilla petrificada. Proyección de un equilibrio sin la articulación de lo equilibrado. Y nada más difícil para un ser omnisentado que una lucha inmóvil contra el roce de lo animado, incluso con el infinito anclado en cada poro, como lastre hacia ningún lado. Pausada en plena inacción, soñada por su propio sueño -ensoñada-, consciente de su inconsciencia, tal vez. De pronto: una ruptura de la nada. ¡Un parpadeo! Y nunca más normalidad; imposible la vuelta atrás sin una explosión de tiempo; imposible también el avance sin la irrupción de una huella sobre un camino. Obligatoriedad » Sentido » Dirección. Lo primero con existencia: una ironía. Una causa sin causa que anima la quietud sin referencias. Una ley autónoma. "Prohibida la no existencia", al menos hasta el próximo parpadeo eterno. Y otra vez oscuridad. Sueños desverbalizados. Espejos sin reflejo. Nirvana.
Le paso un trapito para sacarle los sueños y lo soplo un poco por las dudas. Lo abro mientras cierro los ojos para contrarrestar el atrevimiento. Meto las manos e intento reconocer las formas, los colores que nunca vi. Hay, dentro del maletín, una araña alada sin bordes, un chorro de sifón y una escena ficticia nublada por la realidad. Pero no busco eso. Sigo. Intuyo con los dedos unas letras que se me enredan en las huellas digitales, personalidades sin estrenar, copos de nieve tibios y una sonrisa sin manual. En algún lado debe estar lo que busco. Revuelvo. Mis brazos están dentro hasta los codos y ya rozan cosas intangibles, como ha quedado demostrado. Entre ellas, un frasquito con dimensiones instantáneas, un presagio de amor vencido, una alegoría escrita en japonés por un chino y un pasaje hacia la falsa felicidad. Tampoco quiero eso, y hundo la cara para ayudar a los brazos. Toco media docena de estrellas sin querer y les salen rayitos en cámara lenta que rebotan contra todas las partículas de la nada y vuelven en seguida para tomar la merienda. Me inclino un poco más y estirando la imaginación percibo que el interior no tiene rincones ni ausencia de ellos. Hay adentro libertad y poder y una ordenanza que prohíbe el tiempo en cualquiera de sus conjugaciones. Hay un mapa de otro mapa tallado en un parpadeo; hay un grito majestuoso salido de la nada y un azar fosilizado en ámbar musical. Me adentro un poco más y, ya colgado de los pies, indago a fondo en la inocencia de existir. Las ideas se me meten por los poros y, de repente, la línea vertical que mantiene unido mi ser saborea algo extraño: es frío y es rectangular, pero no es sólo un frío rectangular, es un haber encontrado lo que estaba buscando. Abro los ojos y lo veo como es: un simple maletín. Le paso un trapito...
En esta caja de partículas y antipartículas... ¿Se trata de aprender a soñar o de aprender a despertar? En realidad no hay diferencia. Eso lo prueba el sueño que en anoche vi, del cual traje una muestra para no ser encerrado por loco.
Sentado sobre el cordón de la vereda, un hombre no muy viejo sostenía un cartel: "charlas inteligentes 50 guita". Sostenía el cartel, y eso era todo lo que hacía. Su cara no tenía rostro, ni su cuerpo semblante. Inmóvil = mudo. No se puede describir un silencio con palabras. Dos sí: el doble de silencioso. Al parecer, yo iba en una clase de carruaje (o era el carruaje) desde cuya ventanilla lo veía estar. Como en esos cuadros inútiles, su mirada me siguió, sin moverse, sin pestañear y mucho menos sin hacer cosas que las miradas no suelen hacer, como volar en pedazos o estornudar.
Sobre mí había un sombrero del cuál salía mucho humo. Debajo de él, una cabeza oculta me dijo:
-Vamos. La gente está preocupada porque las últimas palabras de Einstein en su lecho de muerte fueron dirigidas a una enfermera que no hablaba su idioma. Como si hubiésemos entendido sus primeras palabras. Todos somos como esa enfermera.
Soy de esas personas que programan el despertador media hora antes para poder dormir media hora más, me gusta sentir la erosión del tiempo. Pero esa mañana no duró demasiado mi sueño arrebatado al amanecer. Desperté nuevamente al ritmo de tensos golpes en la puerta de calle. Demasiado precipitevolissimevolmente. Existen dos estaciones básicas en la vida de una persona que son bien conocidas por todos: el sueño y la vigilia; estos estados primordiales los comparo con los de una puerta: abierto y cerrado. Pero hay dos situaciones más, en que la puerta no se halla ni completamente abierta ni completamente cerrada, transiciones entre ambos polos, solsticios y equinoccios que son los viajes más fabulosos que emprendemos cada día y que por ello no poseen nombres más apropiados que dormirse y despertar. Mi viaje de retorno, entonces, fue interrumpido por el golpeteo en la puerta de calle, pero la primera en abrirse fue la de la vigilia. El proceso no es simple, examinado a la luz diurna: despiertan los oídos, despiertan los ojos, despierta mi nombre, se adormecen la luna y el ayer en una misma cama, despierta la ventana; en fin: recuerdo lentamente todo el mundo desde adentro hacia fuera. Todo esto es despertar para mí.
¿Quién pretende tener tal poder de arrebatarme ese magnífico regalo de la vida, el cuarto estado, el primero en nacer? ¿Quién abre mi puerta tan descaradamente y entra en mi conciencia como si de su casa se tratase? ¿Quién roba la noche pentagramada de mi ventana, donde salpicadas de búhos que vocalizan en clave de luna las ramas bailan con el viento y los grillos marcan el pie sobre un suave pizzicato que gotea desde las hojas húmedas? Con cada nuevo golpe retumbaba otra pregunta. En mi mente, el cristal de un reloj de arena se desmembraba en partes opuestas sobre una diagonal espacial, formando dos signos de interrogación tridimensional que dejaron en libertad la sustancia del tiempo. Y desperté.
¿Quién es?
En el estado de las preguntas -la vigilia, no como en el sueño, donde sólo respuestas hay-, me encaminé hacia el eclipse de ambas puertas y pregunté.
Asomó una voz, primero; luego el ente a quien representaba: la primera soltó un nombre, el segundo, la voz que dijo, por el ausente:
-Soy Vicente -reconocí a mi amigo. Miré el reloj: 07:07. Como todos los rebeldes, que se jactan de nadar contracorriente, Vicente no veía que era justamente lo corriente lo que dictaba sus actos, haciendo lo contrario de lo que el rebaño siente. No era extraño que se apareciera a esa hora, aunque tampoco lo hacía siempre como ahora-. Traje el traje –dijo, y él no miente. Abrí paso a su figura y descubrí esa mirada que nada bueno augura. Mentí antes en una cosa: no desperté, lo fui haciendo lentamente. Sueño en verso, pero mi mente lee la realidad en prosa. Traía un traje... efectivamente.
Entró evitando mis ojos de soñante frustrado, y yo le dejé entrar, evitando evitarlo. Aún lo desconozco. ¿De qué se trata todo esto? Esto le pregunté y aquello me respondió.
-Sos un desorden espacio-temporal –le dije. Me entregó el traje, argumentando que el desorden es sólo un tipo de orden más difícil de comprender, que gracias al caos nace la vida, etcétera. No presté inconmensurable atención (yo ya estaba vivo); miré el traje y –ya de veras despierto- me pregunté qué carajo hacía yo sosteniéndolo a esa hora y para qué me serviría-.
Otro amanecer: el mismo sol. La conciencia retorna circularmente a través de la semipermeabilidad de los párpados. No quiere abrirlos, pero la luz lucha por revelar lo que la noche veló. Un rayito pasa tímido entre danzarinas partículas de polvo que alguna vez fueron seres, gente que ya no va a despertar, y se filtra en el ojo izquierdo, entreabierto. Una perezosa inhalación descubre un par de pulmones y los vuelve a olvidar por un instante para unirse a la danza etérea. El astro sigue su camino, confiado y sigiloso, se asoma aún más por el espacio olvidado entre las cortinas mal cerradas, espía aquél cuerpo adormecido y surca con su tibieza los pliegues de la sábana, fundiéndose poco a poco con la tibieza de la vida anestesiada; lento, suave, invisible; conquistará toda la cama. Ahora baja por el cuello entre delicados bellos rubios, inflándolos con resplandor hasta explotarlos de translucidez. Descarado, indiferente, con elegancia -pronto llegará a su corazón-, el Sol oculta detrás de esa aparente simpleza el hecho de que no tiene alma, y mofándose de los solteros codiciosos será el primero en oír los suspiros al acariciar su vientre de muñeca rusa. Y lo hace con todas.
La realidad no era muy distinta a lo que ella imaginó, y, sin embargo, es la realidad la que suele guardar los más terribles secretos. Así como la luz se manifiesta en la oscuridad, aunque a esta última no la podamos ver, la verdad, cuando aparece, nos revela todo un mundo de mentiras. En eso consiste el conocimiento: no en conocer la verdad, sino en conocer que lo falso es falso. Sólo al conocer todas las cosas, y saber así todo lo falso, el ser humano se convierte en sabio. Pero para Anna llegaba el momento de despertar y averiguar a través de qué ojos ver el mundo hoy y delatar sólo una pequeña porción de lo irreal. El fuego entró por la ventana y golpeó su cara almoharayada: corrió las cortinas: ojos ciegos. Hoy.
Se desperezó tensando un rígido arco invisible. Luego sus brazos volvieron a caer sin poder desprenderse del todo de las pesadas cadenas del sueño. Caminó hacia el baño. Corrió la cortina de la bañera y una diminuta danza de su mano hizo la lluvia. Se despojó de las ropas como una crisálida tímida mientras su piel recibía guiños marmóreos de la marea creciente. Vio en el espejo sus propios ojos. Satisfecha, se inclinó y besó su imagen en el agua, tomándola suavemente por el cuello. Fresca. Como las sirenas que se asoman desde el mar nocturno para airear sus cabellos enredados y dorar su frágil piel con la luz de la luna. Anna líquida siguió su camino por conductos inalcanzables para este narrador, entre letras húmedas y curvas gramaticales. El agua descubrió un muslo tibio. Manos de serpiente perezosa se deslizaron por la piel. Jabón. Más agua. Despierta.
Ni el Sol ni el agua ni el sueño ni los ojos abiertos ni la piel recién estrenada ni ese mechón rebelde que caía sobre sus ojos invitando a la mano ajena a acomodarlo tras la oreja eran reales. Anna estaba en verdad en el frío asiento del hologramatrón. Su carne dilatada de ingravidez estaba allí. Máquinas zumbantes llenaban el vacío con monotonía. Todo lo que sentía ahora no podía ser real pero lo era. Algún mecanismo en su mente se dedicó instintivamente a olvidar el espacio exterior, a olvidar, aunque sea momentáneamente, que era hija de las estrellas, que había pasado toda su vida de una nave a otra, de una promesa de planeta vivo a la esperanza de otra promesa. Anna Graham era hija de las estrellas, pero ahora sólo veía una: más grande, más cercana, más tibia, más real que todas las otras que había visto a través de los translúcidos témpanos ovoidales de las naves vagabundas. Sí, más real, eso le dijo una de sus mentes a la otra, que, curiosamente, era la misma.
Despierta. Sus oídos oyendo algo que no era silencio. El sabor del café por adelantado. Ciudad. Abrió la alacena, bajó el frasco, giró la tapa -como si todo eso fuera real-, tomó una cuchara, arrastró una cucharada a la cafetera... y el agua aún fría. Sólo lo suficiente como para una taza, así se calentaría más rápido. Las leyes reales también se cumplen en un mundo de mentira... aunque no siempre. Acomodó los papeles sobre la mesa, se sentó, y pensó que más tarde los leería. “Pienso que existo, luego existo” era el lema de Anna. ¿Y si ocurría algo? ¿Si su cuerpo moría en el espacio? Nada. Como morir de verdad. Nada.
-La muerte es el best-seller que nadie... -empezó a pensar Anna, pero como casi todo lo que le pasaba por la cabeza se terminaba antes de que ella lo alcanzara a pensar del todo. Su mente era una luz-. Pero no, pensó luego, todo era real; no por el hecho de no ser su realidad aquello era falso; era la realidad de alguien más, como cuando uno va de vacaciones... ¿a otra realidad? La cafetera silbó; el genio Al-Kafein se asomó vaporoso por el pico anhelando despertar al mundo entero. Anna vertió la pócima en la vasija. Justo. Azúcar. Listo. El bálsamo pareció envejecer los músculos de su frente y rejuvenecer sus párpados aún pesados. El primer sorbo besó su lengua, y, encantado, se dejó llevar al resto del cuerpo; de una forma u otra llegaría a la cabeza.